26 de octubre de 2009
Es duro y difícil.
Después de toda una semana mirando y revisando todas y cada una de las cosas que hay en la casa, decidiendo sobre cada una si quiero quedármela por algún motivo especial (o solo porque sí).
Tratando de organizar una división física dentro de la casa entre lo que se queda y lo que se va.
Teniendo que pasar por el duro trago de clasificar cosas como fotos, adornos, tarjetas de salutación y recuerdos de todo tipo, ante los que es imposible evitar el recordar cada uno de los momentos a los que te remite y comparar ese momento con la realidad actual.
Tomando decisiones que te duelen pero encuadradas en lo que ya estaba definido de antemano: conservar lo estrictamente mío, exclusivamente personal.
Pasando por esa misma división física ropa, juguetes, fotos, carpetas con trabajos de la escuela y otros mil recuerdos de mi hijo.
Teniendo que revisar algo más de doce años de historia de lo que siempre creí que sería mi feliz proyecto definitivo de familia, y no resultó ser.
Un duro proceso que duró desde el martes 20 al domingo 25, prologándose hasta cualquier hora porque era un requisito inevitable el estar totalmente agotado para poder intentar dormir, aún con pastillas para dormir, e interrumpido solo por un alto diario para llamar a mi hijo. Aunque aún no puedo decir que realmente haya hablado con él.
Tiene 5 años y, como siempre hizo, su concepto de hablar por teléfono con alguien ha sido hacer algún comentario muy breve y luego el "un besito, te paso con...." y allí le tira el teléfono a quien esté más cerca. Ya llegará el día en que realmente quiera hablar. Cuesta mucho aceptarlo, pero es así, "es lo que hay".
Decía que ese doloroso proceso duró unos cuantos días. Pero no me preparó para su culminación. No sabía lo que iba a ser el ver una panda de forajidos (muy profesionales, buena gente, atentos, con la mejor de las intenciones, pero yo los vi como forajidos) que sin ninguna consideración arrasan tu casa, van agarrando cada una de esas cosas que clasificaste con el corazón en un puño y la vista borrosa por las lágrimas, las meten en cajas de mudanza, cierran las cajas, las etiquetan, las apuntan en un inventario y las cargan en un camión. Todo esto apretando los puños y sin poder cagarlos a patadas en el culo y gritarles "dejen eso".
Pero, cuando creía que ya estaba en el fondo del pozo, tuve que salir con el segundo camión para llevar mis cosas al nuevo departamento, descargar todo, revisar el inventario y volver a la carrera.
Y ahí sí supe lo que era querer morirte en ese instante, que se te caiga el mundo entero encima y te sepulte.
Llegar y encontrar "tu casa" vacía. Completamente vacía. Y en medio de ese vacío podría jurar que vi al peque corriendo de una habitación a otra gritando que era Spideman.
Y después revisar la casa, comprobando que efectivamente está vacía. Aunque se dejaran una silla, un puñado de macetas vacías y los enseres de limpieza. No se justificaba hacer volver un camión para que se lleven eso, paciencia.
Y, después de revisar todo, cerrar la puerta e irme al nuevo departamento, encontrarme con un montón de cajas apiladas, revolver hasta localizar tres o cuatro cosas necesarias: cepillo de dientes, dentífrico, jabón, la única toalla que conservé (porque estaba sucia), una muda de ropa, las sábanas (sucias también) y mis medicamentos. Pincharme (mi amiga Isolina), mi pastilla para dormir con refuerzo de bromazepam e intentar pasar esta primera noche de una nueva, y silenciosa, vida.
Es duro y difícil.
Después de toda una semana mirando y revisando todas y cada una de las cosas que hay en la casa, decidiendo sobre cada una si quiero quedármela por algún motivo especial (o solo porque sí).
Tratando de organizar una división física dentro de la casa entre lo que se queda y lo que se va.
Teniendo que pasar por el duro trago de clasificar cosas como fotos, adornos, tarjetas de salutación y recuerdos de todo tipo, ante los que es imposible evitar el recordar cada uno de los momentos a los que te remite y comparar ese momento con la realidad actual.
Tomando decisiones que te duelen pero encuadradas en lo que ya estaba definido de antemano: conservar lo estrictamente mío, exclusivamente personal.
Pasando por esa misma división física ropa, juguetes, fotos, carpetas con trabajos de la escuela y otros mil recuerdos de mi hijo.
Teniendo que revisar algo más de doce años de historia de lo que siempre creí que sería mi feliz proyecto definitivo de familia, y no resultó ser.
Un duro proceso que duró desde el martes 20 al domingo 25, prologándose hasta cualquier hora porque era un requisito inevitable el estar totalmente agotado para poder intentar dormir, aún con pastillas para dormir, e interrumpido solo por un alto diario para llamar a mi hijo. Aunque aún no puedo decir que realmente haya hablado con él.
Tiene 5 años y, como siempre hizo, su concepto de hablar por teléfono con alguien ha sido hacer algún comentario muy breve y luego el "un besito, te paso con...." y allí le tira el teléfono a quien esté más cerca. Ya llegará el día en que realmente quiera hablar. Cuesta mucho aceptarlo, pero es así, "es lo que hay".
Decía que ese doloroso proceso duró unos cuantos días. Pero no me preparó para su culminación. No sabía lo que iba a ser el ver una panda de forajidos (muy profesionales, buena gente, atentos, con la mejor de las intenciones, pero yo los vi como forajidos) que sin ninguna consideración arrasan tu casa, van agarrando cada una de esas cosas que clasificaste con el corazón en un puño y la vista borrosa por las lágrimas, las meten en cajas de mudanza, cierran las cajas, las etiquetan, las apuntan en un inventario y las cargan en un camión. Todo esto apretando los puños y sin poder cagarlos a patadas en el culo y gritarles "dejen eso".
Pero, cuando creía que ya estaba en el fondo del pozo, tuve que salir con el segundo camión para llevar mis cosas al nuevo departamento, descargar todo, revisar el inventario y volver a la carrera.
Y ahí sí supe lo que era querer morirte en ese instante, que se te caiga el mundo entero encima y te sepulte.
Llegar y encontrar "tu casa" vacía. Completamente vacía. Y en medio de ese vacío podría jurar que vi al peque corriendo de una habitación a otra gritando que era Spideman.
Y después revisar la casa, comprobando que efectivamente está vacía. Aunque se dejaran una silla, un puñado de macetas vacías y los enseres de limpieza. No se justificaba hacer volver un camión para que se lleven eso, paciencia.
Y, después de revisar todo, cerrar la puerta e irme al nuevo departamento, encontrarme con un montón de cajas apiladas, revolver hasta localizar tres o cuatro cosas necesarias: cepillo de dientes, dentífrico, jabón, la única toalla que conservé (porque estaba sucia), una muda de ropa, las sábanas (sucias también) y mis medicamentos. Pincharme (mi amiga Isolina), mi pastilla para dormir con refuerzo de bromazepam e intentar pasar esta primera noche de una nueva, y silenciosa, vida.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada